Parte I
1 - Preludio: Orquesta >> Paisaje. Impresiones
de la naturaleza
2 - Lied: Waldemar (tenor) >> Crepúsculo
3 - Lied: Tove (soprano) >> Espera bajo
la luz de la luna
4 - Lied: Waldemar >> Cabalga hacia el
castillo de Gurre
5 - Lied: Tove >> Admira las estrellas
que traen al héroe.
6 - Lied: Waldemar >> Declaración
de amor
7 - Lied: Tove >> “Rey Volmer, te
quiero”.
8 - Lied: Waldemar >> Premonición:
“¡Nuestro tiempo se acabó!”
9 - Lied: Tove >> Romance
10 - Lied: Waldemar >> Extasis.
11 - Interludio: Orquesta >> La noche
de amor se convierte. Drama.
12 - Lied: La Paloma del Bosque (mezzo) >>
Anuncia la muerte de Tove Describe el cortejo
fúnebre
Pausa
Parte II
13 - Preludio: Orquesta >> Desesperación
y deseo de venganza del rey
14 - Lied: Waldemar >> Acusa a Dios. Blasfema.
Muere. Condenado a cabalgar eternamente.
Pausa
Parte III
a) La caza salvaje
15 - Preludio (Orquesta) >> La noche se
transforma.
16 - Lied: Waldemar >> Ordena a sus Vasallos
salir de las tumbas.
17 - Canción: Campesino (barítono)
>> Describe la partida de los muertos.
Teme. Se esconde.
18 - Canción: Vasallos (coro masculino)
>> Exortan a la caza salvaje
19 - Lied: Waldemar >> Extraña.
Clama por Tove
20 - Lied: Klaus el Bufón (tenor) >>
Se lamenta. Denuncia la demencia del rey.
21 - Lied: Waldemar >> Amenaza con invadir
el reino celestial.
22 - Canción: Vasallos >> “¡Nuestro
tiempo se acabó! ¡A la tumba!”.
b) La caza salvaje del viento estival
23 - Preludio: Orquesta >> Llega el viento:
devuelve a los Vasallos a sus tumbas y Waldemar
desaparece.
24 - Melodrama: Recitante >> Describe
la caza salvaje del viento. Retorna la calma.
Paisaje. Invoca a las criaturas a gozar del
sol
25 - Coral: Campesinos (coro mixto) >>
Apoteosis: Himno al sol.
-------------------------------------------------------------------------------------------Cinco
muchachos se alternan para leer los recientes
mansucritos del dueño de casa que está
acompañado por su bella hija. Deben pasar
la noche en vigilia esperando el momento en
que florezca un cactus de gran rareza. Y como
éste es el centro de la reunión,
poco les interesan los relatos.
Tal escena es el marco de En cactus springer
ud, la novela póstuma de Jens Peter Jacobsen
(tal vez «el dueño de casa»).
Jacobsen (no es pecado de incultura preguntarnos
¿quién es?), es el escritor danés
más conocido internacionalmente, después
de Andersen y Kierkegaard. Era biólogo
de profesión y poeta por vocación,
hasta que publicó los romances Mogens,
Marie Grubbe y Niels Lyhne. Su escasa producción
(muere en 1885, 38 años, tuberculosis)
no impidió que se convirtiese -como lo
reconoce Reiner Maria Rilke- en el mentor del
movimiento impresionista y simbolista de la
literatura sajona (que a partir del modelo franco-belga,
exalta la naturaleza, lo misterioso, lo metafísico,
el ensueño místico, el encanto
de la música, la fusión de las
artes).
Uno de los episodios surgidos en ese “círculo
de la floración del cactus”, cuenta
(parte en prosa, parte en verso) una leyenda
en torno a la historia real del castillo de
Gurre, propiedad de Waldemar IV de la Casa Atterdag,
rey de Dinamarca entre 1340 y 1375.
Allí Waldemar guarda a la doncella Tove
(Tovelille, pequeña paloma o “la
paloma de Gurre”) de la que se ha enamorado
apasionadamente. El rey (también llamado
Volmer), cabalga todas las noches hacia Gurre,
donde se “se abandonan al éxtasis
del amor bajo el haz lunar”.
Pero una premonición de muerte inquieta
a Waldemar: “¡Nuestro tiempo se
acabó!”.
Y se cumple: una paloma del bosque revela que
Tove ha sido asesinada por órden de la
celosa reina Helwig (“el halcón”).
Ella desde la torre y sosteniendo la única
antorcha, contempla el cortejo fúnebre.
Vengativo, Waldemar acusa a Dios de injusticia
y tiranía. Pide morir (“ser el
bufón de tu corte”) y por su blasfema
es castigado a cabalgar eternamente. Waldemar
ordena a sus vasallos salir de sus tumbas y
unirse a la cacería salvaje. Todas las
noches, los macabros jinetes atraviesan la comarca.
Los campesinos se aterrorizan, se encierran,
se persignan y pronuncian tres veces el nombre
de Cristo.
Pasan los días y los años. Waldemar
y el séquito de cadáveres arrasan.
Entre ellos, Klaus, su bufón, se lamenta
y denuncia la demencia del rey, que, obsesionado
por hallar a Tove, amenaza con invadir el reino
celestial.
Entonces, antes de despuntar el alba, los vasallos
se rebelan: “¡Nuestro tiempo se
acabó!”. Sopla el viento estival
y regresan a sus sepulcros mientras Waldemar
se pierde con la noche.
Ese viento culmina su caza salvaje. Retorna
la calma. Una voz -tal vez un campesino-, invoca
a animales, tierra y mar para que gocen de la
vida. Los hombres se unen en un himno al sol.
Es el milagro de la naturaleza. Y una manera
de resurrección.
Algunos elementos de esta «inocente»
narración de 1870 se conectan con su
autor, Jacobsen: es un “poeta desilusionado”
y como Waldemar, desea la muerte; es un “partidario
de la teoría de Darwin” y se rebela
(como los vasallos); es un “naturalista”
y sólo la naturaleza produce los grandes
cambios (como “el viento estival”);
es un “soñador sensible”
(como “la voz del campesino”) y
únicamente puede reconocer un impulso
vital con perfil panteísta.
Seguramente por esto, las figuras se contraponen
y superponen: el rey de la comarca, Waldemar
vs. el rey de los cielos, Dios; Waldemar como
bufón de Dios y Klaus, el bufón
de Waldemar; Tove es su paloma y vuelve como
la Paloma del Bosque para anunciar la muerte
de Tove; los Vasallos (los muertos) vs. los
Campesinos (los vivos); la voz de un Campesino
retorna como el Recitante -siempre, desde “otro
lado”. Y pueden seguir infinidad de lecturas.
En 1899 el filólogo Robert Franz Arnold
publicó la traducción alemana
bajo el título de Gurrelieder. Y deslumbró
a Arnold Schönberg -que en sus últimos
tiempos firmaba como Schoenberg (Viena, 1874
- 1951, Los Angeles) de 25 años y conocedor
de literatura. Todavía flotando entre
las nubes del benefactor y magnífico
Walhalla wagneriano sostenido por la maciza
armonía de su también admirado
Brahms, Schoenberg (definitivamente Schoenberg,
por convención), había concluído
la versión original para sexteto de cuerdas
sobre el poema de Noche transfigurada (la obra
que lo seguirá inmortalizando, pese a
él).
Este período neorromántico se
prolongará con Gurrelieder y su opus
5, Pelleas et Melisande, poema sinfónico
según el drama de Maurice Maeterlinck
(1902/4, estrenado en 1905 y éxito sólo
desde 1910), resto de un proyecto de ópera
impulsado por Strauss (ambos ignoraban la existencia
de Pelleas et Melisande, 1892/1902, de Debussy).
Irónicamente, Gurrelieder completa y
concita los aspectos tanto técnicos como
estéticos de la trilogía del amor
prohibido (vagamente desdoblado entre lo platónico
y lo sensual, superador de la muerte), trilogía
épico-trágica enmascarada en la
leyenda con ribetes de verdad histórica
(que forman un triángulo muy cerrado):
Tristán e Isolda (en la base) Pelleas
et Melisande y Gurrelieder (en los lados).
En las tres obras la atmósfera está
impregnada de una idealización de la
realidad, propia de la etapa de transición
desde el último romanticismo hacia el
pasado siglo XX (aunque en Gurrelieder el ambiente
está mas “presente”: enfatiza
la combinación del paisaje nórdico
-como “la serena maravilla”- y la
“vida silenciosa”).
Este ambiente se escucha permanentemente; y
de manera directa en el preludio y antes del
himno final: describe (como lo harán
los primeros versos de Waldemar) el crepúsculo,
los rumores del mar y de la tierra, el bosque.
Desfilan varios aspectos de otras partituras:
el método -bautizado por Hans von Wolzogen-
de leit-motivs o motivos conductores (como en
Tristán e Isolda, de Wagner) que se exponen
y combinan especialmente en las partes orquestales
(transiciones, preludios e interludios); el
hipersinfonismo (como en la Octava sinfonía,
«De los mil», de Mahler, estrenada
en 1910 con 1.030 intérpretes), las tonaliadades
suspendidas (Nocturnos, 1893/99, de Debussy),
la descripción “teatral”
(Una vida de héroe, 1898, de Strauss),
la narración “dramática”
(La Paloma del Bosque es un símil de
Elektra, 1908, de Strauss) y la fusión
coro- orquesta (Kullervo, 1889, de Sibelius).
Uno de los primeros impactos que causa Gurrelieder
deriva de su condición: va más
allá de una obra. Es un evento en el
cual su calidad está sustentada aparentemente
por su cantidad. Pero lo cierto es que detrás
de esa apariencia, ha logrado el difícil
equilibrio entre cantidad y calidad -lo que
aumenta la exigencia interpretativa-.
Asi, Gurrelieder es otro producto de la tendencia
al gigantismo que encontramos en ese período
de transición siglo XIX-XX
(>> aparte: ¿advirtió que
estamos viviendo nuestro período de transición
hacia el XXI?. Por las dudas, apresúrese
a apreciar toda la música de esta centuria
que se va).
Es el mismo período en el que transitan
la época azul de Picasso, La interpretación
de los sueños de Freud, Tosca de Puccini,
Salomé de Strauss, y los ecos del jazz
desde Storyville, Nueva Orléans.
Respondiendo a ese gigantismo, Gurrelieder
requiere: 4 flautines, 4 flautas, 3 oboes, 2
cornos ingleses, 5 clarinetes, 2 clarinetes
bajos, 3 fagotes, 2 contrafagotes, 10 cornos,
6 trompetas, 1 trompeta baja, 7 trombones, 4
arpas, 6 timbales, celesta, batería (platillos,
campanillas, triángulo, tam-tam, bombo,
xilofón, tamboril, redoblante), una necesariamente
desmesurada cantidad de cuerdas; cinco voces
solistas (soprano, mezzo, dos tenores y barítono);
un recitante; tres coros masculinos (a cuatro
voces) y un coro mixto (a 8 voces) -con también
una necesariamente desmesurada cantidad de coreutas,
en concordancia con la enorme parte orquestal-.
(Increíble: este gigante fue reducido
para piano por su alumno Alban Berg y para conjunto
de cámara por Erwin Stein).
Gracias a una correcta dosificación,
la obra alterna entre momentos de gran masa
y momentos casi camarísticos, guardando
siempre el equilibrio y la sutileza de textura.
Esto permite (y obliga) a que las voces (especialmente
las de los solistas) se mimeticen (fusionarse,
no hundirse) con los timbres orquestales.
¿A qué forma corresponde Gurrelieder?.
Específicamente, a ninguna. Casi oratorio,
casi cantata, algún reflejo de La canción
del lamento (1880) de Mahler. Quizá.
Pero sin dudas se trata de una serie de lieder
-ampliados-, separados por transiciones orquestales.
Todos los lieder están ensamblados, sin
solución de continuidad. La obra está
organizada en tres partes, precedidas por preludios.
O sea, sólo hay dos pausas
(>> en ellas lamentablemente podrá
toser. Pero >> ¡no podrá
aplaudir hasta el final de la obra!: 1 hora
40 minutos). Son escenas que la música
“dramatiza”. Como Ud. sabe, drama
es acción escénica. Aquí
no hay acción escenica; la acción
escénica sugerida por el texto y guiada
por el canto, se plasma a través de imágenes
sonoras. >> Es más simple de lo
que terminamos de decir.
Hay un motivo dominante en la obra, el motivo
del amor (presentado por el clarinete y la soprano
en el N/ 7, la canción de Tove). Es un
pasaje conmovedor y un reflejo del motivo del
dúo de amor de Siegmund y Sieglinde en
La valquiria, seguido de otras reminiscencias
y espejos de El anillo del nibelungo.
Por estas y tantas otras razones la interpretación
no debe reprimir la «explosión
romántica». De lo contrario, Gurrelieder
se desluce, se desmembra.
Imposible apartarla del último romanticismo:
Gurrelieder está en ese estilo por todo
concepto -pese al melodrama final en que aparece
el Sprechgesang (canto hablado; una especie
de declamación vocal que combina las
inflexiones del canto y del habla, actuando
con la voz en un marco establecido por la música.
Será un recurso característico
del Schoenberg posterior: los monodramas Pierrot
Lunaire (1912) La mano afortunada (1913) y Attente
(1915), y la Oda a Napoleón (1943) y
Un sobreviviente de Varsovia (1947).
Gurrelieder -tal vez por suerte para Ud.- está
muy lejos aún del Schoenberg de 1923
creador de la técnica dodecafónica
(vulgarmente explicada: es un nuevo y libre
órden de los 12 sonidos sin repetición,
con irregularidad rítmica y dinámica.
Inténtelo: en un piano, con pose artistica,
fija la mirada en una sola octava y siempre
con un sólo dedo, toque una sola vez
cada una de las doce teclas -7 blancas, 5 negras-,
salteando, subiendo y/o bajando, alternando
tecla blanca - tecla negra y viceversa).
Después de las revoluciones de Monteverdi,
Bach, Beethoven, Wagner y Debussy, llega la
del dodecafonismo. Cuando Alban Berg (con, por
ej., la ópera Wozzeck y el Concierto
para violín «A la memoria de un
ángel») sume lirismo y expresión
a la técnica dodecafónica, surgirá
un estilo: el expresionismo (en el que Schoenberg
pintaba cuadros según la guía
de su amigo Wassily Kandinsky).
Paradojalmente, Schoenberg -que inició
su carrera de compositor como autodidacta, forzado
por la pobreza a raíz de la muerte de
su padre- terminó siendo uno de los más
importantes teoristas (hoy un músico
no lo es si desconoce su Tratado de armonía).
Y esa línea conservó en el resto
de su producción desde la magnífica
Suite para piano, los conciertos (para piano,
para violín), las Canciones de los Jardines
colgantes, los 4 Cuartetos (uno con soprano),
la Serenata, las Variaciones para orquesta,
las dos Sinfonías de cámara, la
ópera inconclusa Moisés y Aaron.
Reclaman varias audiciones para desprenderse
de su “intelectualismo” -que algunos
prefieren a la belleza imposible de hallar-.
En cambio, Gurrelieder responde a una línea
que desciende desde el Venusberg: fusión
de sonido y palabra. Con una variante especial.
Sucede que el texto de Jacobsen se presenta
como balada, una forma literaria simple y admirable.
Pero (fiel a la propuesta impresionista y simbólica
del escritor) el lenguaje de esta balada está
pleno de imágenes y significados (por
citar, en el N/ 2: “en el bosque... el
sol arroja su vestidura purpúrea y sueña
en el lecho de ondas sobre la magnificencia
del día siguiente”). Adrede, la
música es entonces compleja en la textura,
en el color. Y es diversa para reflejar hasta
la más mínima sugerencia que ondea
por la balada.
Gurrelieder es una apoteótica despedida
de la «herencia inmediata y clásica»:
iniciada en 1901 -el mismo año de las
Canciones de cabaret- debió interrumpirla
por “trabajo” (como violinista,
violoncelista, director, arreglador y orquestador
de operetas); surgieron otras partituras; la
retomó en 1910 y sólo pudo completar
la orquestación en 1912 (época
en que se casó con la hermana de su amigo
Alexander Zemlinsky, interesante creador que
fue su único profesor de composición
por pocas lecciones veinte años antes).
El estreno en Viena -dirigido por el gran Franz
Schreker- fue el 23 de febrero de >> 1913:
el 29 de mayo en París, Stravinsky colocaba
la piedra fundacional de la música de
esta centuria con el ballet La consagración
de la Primavera. (La precisión en las
fechas es para que no se asombre: se trata de
la maravilla polifacética del pasado
siglo XX).
1911, mayo 18: un instante antes de morir,
Gustav Mahler (a quien Gurrelieder debe tanto),
poco romántico y desconsiderado con su
esposa Alma, premonitorio, le dijo las últimas
palabras: “¿Qué será
de Schoenberg sin mí?”. |